Por Isabel Rosas Martín del Campo

 

Quien no ha hecho sufrir a alguien alguna vez. Quién no ha perjudicado con sus acciones a alguien o a toda una corporación o sistema. Quién no ha sido cruel y sentido placer por ello. O ​quién no se ha vengado de la persona que se atrevió a enfrentarlo con la verdad. Qué sucede dentro de nuestro ser cuando hacemos mal de manera consciente dejando a nuestra conciencia gritándonos ¡para, eso está mal! Y, sin embargo, no se da marcha atrás. La pregunta es indagar si el ser humano es bueno o es malo por naturaleza. La condición humana tiende a ser egoísta porque está consciente de su ego y su ego es superior a su conciencia en términos de orgullo. El ser humano vive feliz mientras gana, pero le cuesta trabajo aceptar que a veces se tiene que perder y que experimentar la pérdida no es necesariamente malo.

Ningún científico o descubridor habría podido llegar a su obra maestra si antes no hubiese perdido innumerables veces. De hecho, ese ha sido su mayor impulso, la pérdida, el fracaso, el infortunio, porque en su mente y en su conciencia no está el parar sino el seguir y entonces su conciencia actúa de manera contraria a sus emociones. También es una realidad que todo gran logro se vive solo y se gana solo, como si ese fuera el pago.

 

 

Un pago terriblemente frío y calculador. Solo cuando trasciende a otros con una ganancia intrínseca para ellos aparece la benevolencia y en muy contados casos se cuelan quienes genuinamente acompañan a ese ser en su travesía antes de su gran logro. Aquí aparece nuevamente la pregunta, si el ser humano es bueno por naturaleza o es sólo porque algo lo impulsa a actuar por el bien común y aquí cabría otra pregunta más, indagar si entonces su bondad es natural o artificial. Me pregunto en todos los hombres de la línea del tiempo que sostiene nuestra historia, qué habrán sentido dentro de sí cuando se sabían inventores o descubridores o creadores de algo que iba a romper las fronteras de lo común y corriente. Cuál sería el afán que los hombres que trabajaban en algo hasta el amanecer. Acaso tendrían algún grado de locura o de maldad o de demasiada bondad.

En lo personal pienso que una persona bondadosa, buena para el mundo ha sido profundamente cruel, ha poseído dentro sí una maldad que raya en la perversidad. Si se entiende aquí la definición de perversidad como aquello que se refiere a desviaciones y conductas que resultan extrañas para el común denominador. Lo son porque son personas cuya condición humana o su orden natural de las cosas lo han alterado al grado de no ser iguales que nadie. Para Freud, el objetivo de las personas perversas tiene un objetivo reproductivo, muy claro, el primero la búsqueda de placer.

 

Cuando indagamos en la vida de grandes personajes que han marcado la historia por su extrema bondad hacia los demás y leemos sus biografías, nos damos cuenta cómo para que sus acciones fueran de extrema bondad, antes, ellos, para lograrlo tenían y debían ser poderosamente crueles y perversos consigo mismos. Dejar de comer, caminar descalzos, auto castigarse, auto flagelarse, pasar hambre, pasar frío, soportar calores inhumanos, dejar de dormir horas enteras, trabajar hasta la agonía, soportar la enfermedad. Por supuesto no solo me estoy refiriendo a la vida de seres que han sido elevados a la categoría de santos o de beatos, me refiero a científicos, pensadores, revolucionaros etcétera.

En nuestra vida moderna, quizá la bondad se ha matizado al punto de casi no dejarse ver, porque el egoísmo y la individualidad prevalecientes hacen una labor más incesante. Es la época de la educación por competencias, desde pequeños nos enseñan a competir con los demás a pensar que el trabajo colaborativo no está en dar lo que tienes, sino en venderlo, en transformarte en un producto vendible ideal para ser consumido por los demás. A que el único objetivo es ganar por sobre los demás, siendo capaz para ello de cuanta argucia mercadológica te valgas. Es muy difícil en estas condiciones lograr vislumbrar la bondad en los demás. En saber con naturalidad si aquella persona que se te acerca a querer solucionar tu vida lo hace por bondadoso o porque al hacerlo tendrá una ganancia de por medio, que no es precisamente el placer de hacerlo por hacerlo, sino la obtención de un intercambio monetario o de empoderamiento socio cultural o peor aún, político.

En su teoría de la bondad y la maldad Erikson, se pregunta si las personas son intrínsecamente buenas con motivos genuinos hacia los demás o si las personas son, de lo contrario, intrínsecamente malas con propensión a la agresión y la conquista. Y luego se pregunta de cualquiera de las dos posibles respuestas, en el cómo habrán llegado a ser así, Pues en la respuesta a estas interrogantes estaría la solución a muchas de las controvertidas realidades que acosan nuestra modernidad. El filósofo Locke pensaba que el ser humano al nacer es una “una pizarra en blanco”. Una posición que admite que todo en lo que el ser humano se transforma parte de cuestiones experienciales y percibidas de su realidad. Sin embargo, Hobbes, al mismo tiempo, aseguraba todo lo contrario, que el ser humano por naturaleza es egoísta, caso que se comprende muy bien con la teoría de la percepción del mundo del niño de Piaget. Quien asegura que el niño desde que nace hasta los once años la percepción de su realidad es absolutamente antropocéntrica y ególatra, una manera de relacionarse con la realidad externa a partir de su propio mundo interno, donde su mundo interior con el exterior forma uno solo sin distingos. De hecho, según Watson en su libro Ideas explica la condición del bebé primitivo como un ser mentiroso con su madre, y que lo tuvo que ser para poder sobrevivir. El medio de su engaño era el llanto, hoy conocido por todas las madres.

 

De ahí lo importante de procurar en el individuo un entorno sano y libre de vicios humanos. Desafortunadamente, no todas las personas corren la misma suerte de nacer en cunas donde la educación y los buenos modales prevalecen. Una donde se transmitan valores de sacrificio que regresándonos a la vida de santos, pensadores y científicos antiguos supondría enseñar al individuo a ser de alguna manera auto perverso; qué paradójico resulta. Pues muchas teorías modernas de psicología infantil ofrecen tratados inmensos acerca de dejar que el niño explore y sea libre, precisamente para evitar esa auto perversidad. No es acaso esa teoría maquiavélica con cierto grado de sadismo, donde el placer por el placer impera, si caemos en cuenta que el niño es malévolo por naturaleza. Cuántos niños son completos tiranos cuando se les deja en libertad absoluta de tomar sus decisiones a costa de esa dudosa libertad de descubrimiento del mundo y del saber.

Finalmente, saber si el hombre es bueno o malo depende de muchas realidades y contextos. Indudablemente hombres y mujeres buenos en su totalidad han habido muy pocos a lo largo de la historia y también, cabe aclarar, que ninguno de estos seres conocidos por todos por su trascendencia son buenos para todos y de los malos tampoco son malos para todos. Sin lugar a duda, el ser humano es una especia cuya racionalidad logra saber que todos tenemos una innata perversión en nuestra mente, de otro modo no habríamos podido llegar a la luna, o descubrir la telefonía celular, o descubierto la penicilina o conocer la teoría del big bang o simplemente haber llegado hasta nuestro hoy, ya tan enfermo de nosotros mismos. Aquí una última pregunta, ¿sabremos curar a nuestro mundo?

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(*) Isabel Rosas Martín del Campo es arquitecta, tiene una maestría en escritura creativa y actualmente estudia un doctorado en filosofía del pensamiento complejo. Su consigna es el estudio profundo del ser humano dentro del espacio arquitectónico como existencia. Es catedrática universitaria, capacitadora certificada, docente certificada para la asignatura de temas de arquitectura y es conferencista en Neuroarquitectura.

Vive en Cancún desde hace veintiocho años.

 

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