Por Luciano Núñez

En catorce años no habíamos visto un Cancún tan desolado. Para eso, había que desempolvar una vieja foto de Wilma que destrozó la ciudad en 2005.

Pocas semanas después de que comenzó la pandemia, impactaba ver los negocios sobre la avenida Kukulcán: con las puertas cerradas y polis cuidando las instalaciones. Nadie en las calles. Impensable no escuchar el incesante tránsito, las luces y la música que sacudía los cuerpos encaramados en tarimas llenas de luces donde corría el alcohol de dudosa calidad.

La Zona Hotelera es el corazón económico de la ciudad y no hay otro. Un nuevo gobierno debería mirar un poco más allá, lo que se dice: tener una visión. Este modelo de negocio ha mostrado nuevamente su fragilidad: depende del clima y ahora de las pandemias (la primera fue H1N1) y el sargazo. Si fuéramos una empresa, el director debería poner los huevos en otras canastas. Ya no le tocará a Carlos Joaquín.

 

 

Cada cuarto de hotel genera un empleo directo y cuatro indirectos. Todo hasta ahí está bien, pero se necesita un flujo constante e ininterrumpido para llenar más de 30 mil cuartos de hotel en Cancún. Aquí los huevos, la carne y las verduras vienen de estados donde la tierra es fértil y no una roca caliza donde, para tener una planta, hay que comprar tierra. Mérida es otra cosa: tiene turismo y genera los huevos y verduras para Quintana Roo. Tiene otras canastas.

Su sistema de seguridad es ejemplo del país, pero jamás tendrá el fulgurante mar turquesa de Cancún que todos alucinan como un milagro.


Pocas semanas, pocos días de pandemia y comenzaron a aparecer entre los amigos las historias de muerte, de desempleo, de lucha y de cambio.

María cuenta que dejó de trabajar en el Hotel por ajustes en la nómina. Durante estos meses puso una tienda de ropa en su casa en la que poco circula el dinero; la clave, dice, son los intercambios en una sociedad que retrocedió (o avanzó) al trueque.

Aunque la nueva normalidad es alejarnos, contrariamente nos hemos acercado más. Hemos buscado soluciones en los amigos, contención en la familia y ahorros en darnos cuenta qué es necesario y qué es superfluo. Ojo: no quiere decirse que la pandemia sea algo positivo, no puede serlo con tantos muertos, con tanto desempleo; simplemente ha barrido ideas para instalar otras.

Con semáforo amarillo, la noche de Cancún ha vuelto a encenderse lentamente. Las bocinas han comenzado a lanzar música para dar vida a ese alicaído corazón de la Kukulcán; los jaladores están con riguroso cubrebovas y, más hablan con las manos y los ojos, con la idea de que la fiesta se encienda en alguno de los antros apiñados alrededor de Plaza Fórum. Esa de la inmensa guitarra.

 

Hay bares con gente que se conforma con comer y volver temprano y la noche tiene de nuevo borrachos que salen a despabilarse. Muchos han causado estragos en sus hogares.
No hay forma de medir qué efectos tendrá en la salud este nuevo encendido de luces en Cancún, pero las playas están abiertas y María ya está en la lista para regresar. Hay más de 250 operaciones de vuelos a Cancún y todo indica que hay signos de recuperación.
Y Cancún está de nuevo en la mente de los visitantes que darían la vida por un poco de este mar en vidas de oficinas grises y encierro.

Sólo resta pensar en un Estado preparado para nuevas pandemias, para la llegada de más sargazo, para la nueva normalidad, mientas las luces comienzan a decirnos que pasó lo peor.