En esta séptima crónica, desde La Habana, la visita a la casa del escritor Ernest Hemingway, con fotos exclusivas y el relato del viaje, a 24 kilómetros de la capital.

Por Luciano Núñez
15/12/2023. La Habana, Cuba. “Si eres escritor, no te puedes ir de La Habana sin conocer la que fue la casa de Hemingway”, me dice Enzo a pocas horas de mi regreso a México. Hago cuentas y con dos horas de margen todavía hay tiempo. Apela el amigo cubano a La Nave (similar a Uber) para pedir de inmediato un almendrón azul de otro tiempo: un Chevrolet 54, que llega en menos de dos minutos.
En el camino de 24 kilómetros, que habremos de recorrer, sigue apareciendo la Cuba más profunda, con largas filas para acceder a un banco o a una compra de gasolina. Filas para todo. Bordeamos la calle porque al parecer hubo otro derrumbe, avisa el chofer, un joven que ya no repara en el paisaje cotidiano: amplias columnas de una casa que pareció ser una embajada, cuyos vestigios de un pasado suntuoso han quedado sepultados por los años.
“Por donde pasa el comunismo, quedan las ruinas”, reflexiona el conductor con los ojos indiferentes.
A San Francisco de Paula


Atravesamos un puente, las vías del ferrocarril y la mancha urbana va quedando atrás, con sus olores a plátano frito y arroz con puerco. Vamos a San Francisco de Paula.
La Finca Vigía se anuncia con un cartel: fue la residencia durante muchos años del escritor Ernest Hemingway. Hay senderos rodeados de grandes árboles y personas que están en cada tramo para cuidar y guiar. Por medio dólar se puede mirar la casa por sus alrededores, asomarse a las puertas y ventajas para sumergirse en otro tiempo, menos en la habitación principal que está en remodelaciones.
Desde 1938 hasta 1960 vivió Hemingway con dos de sus esposas en esta propiedad que tiene 4.3 hectáreas, más de nueve mil libros y cuatro perros queridos enterrados: Black, Negrita, Linda y Nerón. A un costado está el garaje y al centro una casa con paredes revestidas de piedra, junto a la cual, hay una suerte de faro de tres pisos, desde donde el escritor alcanzaba a ver el mar para saber si podía salir a pescar: una de sus pasiones, como las armas.
Desde la puerta principal, se alcanzan a ver botellas de varias formas y colores, libros y la habitación de huéspedes, donde se alojaron estrellas del cine y amigos personales, como Katharine Hepburn, Ava Gardner, Errol Flynn y Spencer Tracy.
El viejo y el mar
En esta casa escribió joyas narrativas como Por quién doblan las campanas y la bellísima novela corta El viejo y el mar.
Me detengo en la primera ventana del lado izquierdo, porque es la habitación donde escribía. Está solitaria la máquina sobre un mueble que le permitía escribir parado, descalzo sobre el tapete de un animal que cazó en África, el fantasma de Namibia: el Kudu. “Él decía que le daba inspiración”, dice una de las guías que pide algo de ropa o un dólar. A un costado de la misma habitación, se alcanza a ver la colección de cuchillos, la foto del casamiento de uno de sus hijos y otra zona de libros dedicada a Europa.
Doy vueltas con frenesí y extasiado, porque lo que se puede ver con cercanía es el lugar más íntimo: el baño, donde encuentro acaso lo más curioso: marcas y anotaciones con los registros que llevaba de su talla en una de las paredes y una báscula, al lado la tina.
En la siguiente habitación hay una oficina con un sello con la célebre inscripción: “No respondo cartas” y un viejo saca puntas.
Hacia la izquierda de la entrada de la casa, están la piscina y una foto de lo que fue la cancha de tenis, las tumbas de los perros y el yate de pesca. Manías y más manías.
Así era el gran escritor que ganó el premio Nobel en 1954 y falleció en 1961, que marcó una época y una forma de narrar directa y transparente, sólida y fluida a la vez, que sigue influyendo en jóvenes que comienzan a escribir y contar este mundo nuevo.
Aquí se convirtió en ese «gran pez» que siempre quiso pescar y en la presa que quiso inmortalizar en su vitrina: nítido en la superficie y turbulento en las profundidades, desde donde nacía su genio.
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