Por Isabel Rosas Martín del Campo

 

 

En la actualidad es tema de plática de café, conversar entre las amigas del amigo de un primo lejano la situación real de los matrimonios longevos actuales. Donde la imagen, casi de todos, es en mucho una réplica de la fotografía de familia tomada en cada navidad.

Todos felices, casi perfectos: padres e hijos sonrientes con sus mejores galas. Todos guardando el secreto de familia que no sale de casa. Se asimila esta realidad cotidiana del matrimonio aburrido cuando se descubre esta película “pasada de moda” (por el tiempo de su lanzamiento en las salas de cine) pero muy vigente por la historia que plantea.

Comencé a ver esta película con cierta indiferencia, los primeros minutos me parecieron que estaba ante una burda comedia (no me equivoqué) y no me refiero al género sino a la vida de los personajes que se mienten a sí mismos hasta creerse su mentira. Belleza Americana, nos propone mirar la historia cotidiana y rutinaria de los matrimonios que dejan de mirar el interior de cada uno, lo que es evidente está oculto a sus consciencias, entretenidos en ocultar los detalles o enceguecerse ante estos. Una historia que nos deja reflexionar en cómo estamos acostumbrados a legitimar las engañosas apariencias, mientras lo evidente pasa desapercibido ante nuestra vida convirtiendo cada segundo en una eternidad.

 

Con una narrativa sarcástica y llena de humor negro, tirante en todo momento esta “dramática historia” escrita por Alan Ball y dirigida por Sam Mendes en su debut como director, nos hace mirar hacia lo más profundo de los pensamientos de cada personaje y, al mismo tiempo, sentir de manera escalofriante la piel del espacio existencial que se vuelve un vacío entre lo abundante de sus objetos y conveniencias sociales y económicas. La música de fondo marca las pautas emocionales para cada personaje, sus acordes iterativos trasmutan los ritmos acompasados con los propios ritmos de sus corazones que están sufriendo su insatisfacción personal a cuenta gotas, punzante y lasciva. Las pautas de cada nota humanizan el tiempo que pasa sin compasión, crispando las pausas de la deshumanizada familia, que tal parece no tuviera calma o, paradójicamente, no tuviere prisa por “vivir” estando vivo.

Belleza americana, narra la verdad de dos tipos de matrimonios longevos que se mienten ante la sociedad mostrando una imagen de belleza inexistente, moldeándola hacia estereotipos y convenciones sociales que suponen dan certeza a sus grises vidas. Uno es el matrimonio de años de Carolyn y Lester, ella una mujer controladora y materialista. Una mujer cuya belleza y distinción solo sirven para la demandada imagen de un trabajo que lo exige (es agente inmobiliaria), frustrada por no alcanzar el éxito esperado pese a su actitud para lograrlo. Desamada y poco seductora mantiene una relación distante con su esposo a quién juzga como un ser mediocre y sin aspiraciones.

 

Por otro lado Lester es un hombre apocado, humillado tanto por Carolyn como por su propia hija, para quien él no representa una paternidad honorable ni digna de admiración. Su vida es plana y sin aspiraciones en ningún sentido. Es el único consciente de la realidad de su familia y su manera de enfrentarlo es con la apatía, hasta que llega a su vida la mejor amiga de su hija (Ángela) y cree estar enamorado de ella. Convirtiéndose en disparador para su vida interior y para la recuperación de su virilidad, más no para su realización personal económica ni la de su familia, pues irónicamente busca un trabajo de bajo perfil, cuyo fin es encontrar un poco de paz y congruencia ante su cínica aceptación de un matrimonio que no termina por concluir, pues continúa allí.

Jane su hija es una adolescente insegura influenciada por su atractiva amiga Angela, quien al parecer tiene una vida perfecta; curiosamente no se muestra su vida familiar, lo que sugiere que no le importa a nadie, y entonces, resuelve ese abandono llenándolo de una vanidad que oculta su insatisfacción personal por no tener la familia que ve en su amiga Jane y por no tener un novio que mira en Jane una chica extraordinaria y en Ángela una chica ordinaria y fatua. Ángela vengativa y envidiosa tras una velada ingenuidad trata de seducir a Lester.

En el otro sentido encontramos el matrimonio de Frank y de Bárbara, el primero un hombre controlador, retirado de guerra y con pensamientos estructurados y radicales hacia un conservadurismo extremista y castrante. Homofóbico es envidioso de su propio hijo a quien mantiene a raya, temeroso de su sexualidad desviada, llamándolo “maldito invertido”, tratando de convencerlo que es homosexual para ocultar su propia homosexualidad intolerada. Esta condición logra que mantenga a su pobre esposa como una mujer asilenciada casi transparente sin ninguna oportunidad de opinar absolutamente nada que no sea el de servirlo al grado de solo ser una mujer acabada y deprimentemente servicial. Cuya belleza entristecida se devela tímidamente solo para mostrar una mujer intocada eternamente.

 

Finalmente puedo pensar que la belleza de la vida se ha domesticado, al grado de solo verla en los objetos, en lo exterior de todo lo existente y no en los resquicios de la vida misma, donde se encuentra el polvo que salvaguarda los recuerdos que abrazan los instantes vividos secuestrados por el olvido. Donde al encontrarlos se puede recuperar lo ido, o, al contrario, se puede barrer el polvo y dejar limpio e impecable ese rincón que durante tanto tiempo se salva como su fuese un altar a la indiferencia, al desamor, a los convencionalismos y creencias de algo que ya no respira con dignidad. Dice Lester ante su cuerpo muerto y digo “muerto” porque vivimos una sociedad de personas insatisfechas que mejor le apostamos a los eternos días o al futuro inexistente, y no a los instantes, los que como las cámaras, que al hacer click, capturan la felicidad invisible. Convirtiendo esos instantes en fotografías expuestas en salas que ya de tanto verlas no nos dicen nada, no nos recuerdan nada. El siglo, que resuelve su vida a través de la individualidad y no el de la recuperación de la propia familia. Lamentable.

“No aferrarse demasiado a la belleza; dejar que fluya a través de mí como la lluvia, para sentir gratitud por cada instante vivido de mi insignificante vida” fueron los últimos pensamientos de Lester al observar la foto de su amada familia, ese instante perpetuado en el papel fotográfico hizo que esbozara esa sonrisa que vino de lo más genuino y profundo de su corazón. En ese instante donde supo lo valioso de su insignificante vida en compañía de su familia Carolyn y Jane. Después de eso solo hay perpetuidad.

 

 

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(*) Isabel Rosas Martín del Campo es arquitecta, tiene una maestría en escritura creativa y actualmente estudia un doctorado en filosofía del pensamiento complejo. Su consigna es el estudio profundo del ser humano dentro del espacio arquitectónico como existencia. Es catedrática universitaria, capacitadora certificada, docente certificada para la asignatura de temas de arquitectura y es conferencista en Neuroarquitectura.

Vive en Cancún desde hace veintiocho años.

 

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