Por Javier Chávez
Rubén Vizcaíno Aguilar es el hermano que no tuve, con una estampa que imponía respeto conquistando con el trato jovial, irónico y a menudo provocante, jamás hipócrita o diplomático con doble cara. Me lo obsequió el destino en Chetumal, como a tantos amigos que uno va encontrando en la trayectoria del río serpenteante.
Lo conocí como corresponsal de Excélsior y como estratega del noticiero de Sipse Roo, a fines de los 80. Combativo con su expresión “duro y a la cabeza”, Rubén practicó el periodismo con el dato duro y la expresión precisa, con párrafos cincelados en la máquina de escribir Olivetti como golpes de boxeador magistral, apoyado por otro enorme amigo ausente en definitiva: Sergio López Lara, guerrero urbano de la nota roja.
Su filosofía del periodismo lo mantuvo en una línea inflexible, atrapando amigos en cientos de encuentros que habitan en la memoria.
Rubén extrajo de la profundidad del pantano montañas de información reveladora, incómoda y saludable para la comunidad. Hasta el último momento permaneció activo en Omelette Político de Canal 10 y como columnista en mi portal de Periodistas Quintana Roo. Todavía en marzo de este año hicimos Periodistas de Caza, en nuestra casa de Radio Maya Internacional con el queridísmo anfitrión Paco Ramírez, otro gran amigo.
Conversa conmigo el periodista que impulsó con Felipe Hernández García los convivios de la disidencia del siete de junio, el despreciado día de la libertad de expresión cuya fecha asimiló con un grupo de periodistas de Chetumal para mantener intacto un festejo de fraternidad, siempre emotivo, como el encuentro de viejos y nuevos periodistas maravillados ante la contemplación de montañas de carne asada y tragos amargos en el salón Dzibanché de la avenida Belice, a unos pasos de la Carranza.
Hasta mañana, amigo Rubén, porque los amigos nunca se van en definitiva.

Muchas gracias Javier mi papá siempre disfrutó el hecho de que tu fuiste el hermano que la vida le dio así lo sentimos y así lo recordaremos